Por Sylvia Georgina Estrada
Saltillo.- George Bordonove escribió que “en los grandes momentos de Molière la risa es casi un acto de arrojo”. Y la osadía imparable del dramaturgo francés traspasó las barreras del espacio y superó cualquier caducidad. El atrevimiento, los personajes y las coloridas situaciones que creó este escritor del siglo 17 fueron tan fuertes que ahora, siglos después, los públicos tiran la carcajada en los teatros cuando acuden a ver “El Médico a Palos” o “El Tartufo”.
Para muchos, Molière es un ejemplo de que la comedia no se limita tomar las superficialidades del día y hacer mofas livianas y fáciles de olvidar. A través de este género el literato supo, a su manera, exponer las profundidades e intrigas que inquietan el corazón humano, además critica situaciones de doble moral o ridiculiza rituales de la sociedad que caían en el absurdo.
Primer acto
Jean Baptiste Poquelin nació un día como hoy de 1622 en París. Su padre era el tapicero real y por eso el futuro artista nació en una familia burguesa. De joven, el francés también desempeñó durante un tiempo ese oficio, después de perder a su madre a edad temprana. Estudió en el colegio Jesuita de Clermont y años después se licenció en Derecho. Pero fue el teatro lo que atrajo la curiosidad y el espíritu del joven. Ingresó a una compañía del Teatro Ilustre, pero el proyecto fracasó. Actor incipiente, de emociones indomables y de pensamiento libre, el inicio no fue de lo más esperanzador. Pero Molière no desistió. […]
